
Abrí los ojos. Un día más, mi corazón sin vida seguía latiendo. Con la ilusión de quien perdió toda esperanza, apoyé mis pies descalzos sobre el suelo, con el que compartía la frialdad que me embargaba.
La mirada, vacía, se posaba en unos pasos sin sentido. Mi caminar, monótono, tenía como único destino un olvido al que no le quedaba nada más que olvidar.
Tras la puerta, el espejo volvió a mostrarme un rostro que ya apenas reconocía. El contacto del agua, lejos de despertarme del letargo, volvió a recordarme la sensación de ahogo que sentía cada noche, cuando tumbada en la cama, navegaba entre mis lágrimas hasta alcanzar el sueño.
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