No sabes nada ya de mí. Estás ciega. El amor te ciega. El dolor te ciega. Sólo te acuerdas de que un día estuvimos en la misma onda y te aferras a ello cuando te hace falta. Pero no ves lo que hay detrás. Te quedas en la superficie. Y, si no rascas la superficie, no eres capaz de ver lo que hay debajo. Porque, en la superficie, hasta yo -y hasta tú- puedo ser como los demás...
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