Irremediablemente me quedé estancada en un punto fijo. Nadie podía sacarme de mi cárcel mental.
A todo intento de alguien que pretendía quedarse en alguna de mis euforias yo respondía con caos y apatía desmedida. Y no era una buena solución al logaritmo. Aunque no era de extrañar en mí, siempre respondo de forma negativa a los estímulos positivos.
Pero eso de justificarme esta vez no iba a servir. Porque una debe salir de sus extravagantes períodos de enajenación, de abatimiento seguidos de alegría inexplicable, una debe abandonar tarde o temprano los extremos, para optar por la vida sedentaria, por la paz y el orden, aunque sólo sea por fuera.
Dejar de soñar con París en el iris de aquella persona que ya no te mira cómo si el cielo fuese a morir bajo tu piel, y dejar de pensar en el futuro, el cambio, el progreso.
Una, tarde o temprano debe dejar de creer que el mundo va a seguirla en alguna de sus locuras, porque por muchas transformaciones que una haga el mundo va y viene a su antojo, cómo si nada le importara más que girar sobre su propio eje.
O eso es lo que te dicen. Lo que todos dicen que una tiene que empezar a aprender.
Pero yo soy de otra calaña, y confundo libertad con libertinaje, individualidad con independencia, vida con sentimiento, cambio con resurección.
Observándose, una se da cuenta de que la gente nunca deja de ser lo que fue al principio, sólo aspiran a seguir engañándose con las variantes de ninguna verdad y de todas las mentiras ya pronunciadas.
Cuánto más incomprendida me sienta, más ventaja os llevo...

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