Siempre fue tu sonrisa, siempre. Fue ella quien colapsó mis venas aquel octubre atravesando años, estaciones y algún que otro parque. Ella fue quien supo cómo tornarse en maravilla al contacto con mis ojos, cómo noquear todos los pulsos entre dientes apretados y latidos incontrolables, cómo hacerme sobrevivir sin tenerte. Ella inventó nuevas palabras a través de mis dedos, se deslizó entre mi vientre y cadera y se instaló entre mis costillas, cerrando los pulmones cuando le apetecía marcharse. Ella fue quien me enseñó a temblar, a desear, a creer. Ella fue también quien se fue... Y ahora aparece de nuevo, y tus ojos, y tus dedos. Un sueño y nuestras manos entrelazadas por un instante, y yo siendo real contigo por un instante, y mi mundo comenzando a tiritar por un instante..
Y aun así admito que, mirarte es como un crimen... Un asesinato de arma blanca contra mi propia entereza; un desgarro de piel, alma y palabras; un corte en la cicatriz que aún rebulla dolor. Mirarte significa temblar y un charco de sangre en los pies; una bala entrando por el costado izquierdo a cámara lenta; locura en los pliegues de mis recuerdos...
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